Desprenderse una
extensión del cuerpo
Alejandra no recuerda la paz como un momento exacto. No hubo un día específico en el que todo cambiara. Lo que recuerda es un proceso largo, lento, casi silencioso. Años atrás ya se hablaba de dejar de matarse, de buscar otra salida. “Tiene que haber una forma de no seguirnos matando”, dice, como si todavía estuviera en medio de esas discusiones que, desde 2010, empezaron a tomar forma dentro de la organización.
Alejandra habla con una calma que contrasta con el peso de sus palabras. Si cierras los ojos, casi puedes escuchar el murmullo de fondo de la ciudad que ahora la rodea, el roce de sus manos y el tono pausado de una mujer que aprendió a sobrevivir antes de aprender a vivir. Su nombre en el registro civil, el que le dieron sus padres en un papel que la burocracia guarda, es Blanca. Sin embargo, cuando estira la mano para saludar, cuando se presenta ante el mundo y ante sí misma, sigue diciendo con firmeza: «Mucho gusto, Alejandra».
Cuando el Grupo apareció en un retén, vio la oportunidad que buscaba. A los trece años, Alejandra ingresó a las FARC en una vereda del Alto Putumayo sin entender de geopolítica, lucha de clases o discursos revolucionarios. En ese entorno, donde el abandono del Estado se traducía en violencia diaria, el color de la bandera no le importaba. Para ella el mundo se dividía simplemente entre los que agredían y los que debían defenderse. Marcada por el miedo, los golpes de las fuerzas públicas y una agresión sexual de la que hoy habla poco, la niña que fue solo buscaba un arma, un escudo y una forma de evitar que la siguieran rompiendo.
Al ingresar, confesó con la crudeza de la infancia rota qué era lo que realmente la movía: “Yo lo que yo quería era encontrar un arma y venir a disque a esperarlos y a matar a los que venían a torturar a mi mamá”. La respuesta de los mandos le cayó como un balde de agua fría, pronto le aclararon que allí no se trataba de eso. Durante días le explicaron un trasfondo más complejo, hasta que entendió que la estrategia era distinta: frenar la violencia sin matar a nadie. El choque fue duro, se encontró con una organización llena de libros, con estrategia, que le desmontó la ilusión de vengarse y la obligó a replantear su camino.
Para Alejandra, la selva era un universo vivo y protector donde pasó más de dos años aislada, camuflándose bajo el follaje para sobrevivir. Años después, en la ciudad, el cine la devolvió de golpe al monte: “¿Sabes yo qué veo? ¿Esa película de Los Avatar que viven así entre los árboles? Yo me veo esa película y me emociona porque es como mi vida allá, ¿sí me entiende? Es chistoso, es algo loco. Porque era así. La selva era eso”, relata, admitiendo que pagaba una entrada solo para recuperar el refugio de las ramas y el olor a tierra húmeda.
Fueron años de selva espesa, de aprender a caminar sin dejar rastro, de obedecer bajo la lluvia, de cargar la prisa y la comida a la espalda. En ese tiempo, el fusil dejó de ser algo externo. Se volvió rutina, extensión del cuerpo. En ese entorno, la música la encontró. Pasó de cantar sin intención a recorrer territorios fusionando mensaje político y cultura popular porque, según recuerda, «uno llegaba y cantaba, y la gente terminaba entendiendo cosas sin darse cuenta». Aquello respondía a un mandato grabado a fuego por su superior: “Marulanda decía… ‘Si usted va a ir a un discurso de una hora, pocos le van a poner atención, pero si usted va una hora y canta, pero da discurso con poemas, con música, la gente va a terminar bailando y cuando se den cuenta se saben la canción y entienden’”. La música no era un pasatiempo, sino la herramienta fundamental para generar conciencia.
Pero la guerra también alcanzó ese espacio. Bombardeos, persecuciones, pérdidas. El grupo se desarmó como se desarmaban muchas cosas en medio del conflicto. La música quedó suspendida, como tantas otras posibilidades.
Cuando habla del acuerdo de paz, no lo hace desde la emoción inmediata, sino desde la construcción. No fue una sorpresa, fue una decisión que se fue formando con los años, entre estudios, debates y propuestas que luego llegarían a La Habana. Para 2016, la firma era el resultado de algo que ya venía caminando.
La entrega de armas, en cambio, sí lo cuenta como un momento distinto… dificil.
Más que un acto simbólico, fue un corte, “El fusil ya era prácticamente una parte de uno” dice. Y soltarlo no fue solo entregar un objeto, fue desprenderse de años de vida y de su compañía más fiel. De una forma de protegerse, de moverse, de existir. No hubo una emoción única. Fue una mezcla rara entre vacío, incertidumbre y algo que todavía no se podía nombrar del todo.
Después de tantos años en la guerra, lo difícil no era solo dejar el arma, sino entender qué venía después… otra vida.
En ese cambio también nace su hijo, y con él otra forma de pensar el futuro. Ya no se trataba solo de resistir, sino de construir. De hacer cosas que antes no eran posibles.
Hoy, Alejandra habita los espacios urbanos y frecuenta lugares como la Casa de la Paz, adaptándose a las dinámicas de la vida civil. Sin embargo, los saberes que la selva le grabó en el cuerpo no se han borrado, sino que se transformaron en un puente inesperado. Con una ironía que solo el tiempo sabe tejer, nos cuenta que ahora la llaman desde academias militares para dictar clases de brújula y orientación. Pero no dejó todo atrás. La música sigue siendo una herramienta, ahora desde otro lugar. La usa para hablar de paz, de memoria, de lo que vivió y de lo que quiere construir.
También guarda objetos de esa etapa, no como trofeos de guerra, sino como puentes de memoria. En los rincones de su nueva cotidianidad conserva los libros de los referentes políticos que lideraban la organización y el estatuto de las FARC, aquel manual de normas que rigió sus días en el monte, las botas gastadas y la pesada maleta donde cargaba todo su equipamiento a la espalda. Pero lo más íntimo son las cartas que se mandaba con sus compañeros, páginas donde se hablaban de amor y cariño, adornadas con flores prensadas y orquídeas que arrancaban de la selva. Elementos que la conectan con una vida que, aunque ya quedó atrás, sigue siendo parte de quien es. Porque el pasado no desaparece, se transforma.
Cuando recuerda sus años en las FARC, no lo hace desde una sola emoción. Hay contradicciones, aprendizajes, momentos duros y otros que todavía le generan algo difícil de explicar. La selva, por ejemplo, aparece como una experiencia que no se borra.
Han pasado diez años desde la firma del acuerdo y su historia no se queda en el pasado. Se mueve en ese punto intermedio entre lo que fue y lo que es ahora. Entre la guerra y una vida que todavía se está construyendo.
Porque al final, más que dejar las armas, lo que ha tenido que hacer es aprender a vivir sin aquello que durante años fue, literalmente, una parte de su cuerpo.
Periodistas
Duvan Alonso Espinel
Juliana Páez Sarmiento
Fotografías tomadas por: Duvan Alonso Espinel