No hemos acabado la lucha
Antes de conocer a Carlos, había leído todo tipo de cosas sobre las FARC. Historias, conversaciones a media voz y opiniones construidas desde el miedo. Era de esos temas que todos conocen, pero del que pocos se atreven realmente a hablar. Sentía miedo, aunque no exactamente de él. Temía llegar a juzgar decisiones ajenas sin ponerme en sus zapatos.
Siempre hablé con él por celular. Nunca había visto bien su rostro. Cuando llegué al barrio Siete de Agosto, en Bogotá, no habría podido reconocerlo entre la gente. Lo llamé. Al otro lado contestó una voz gruesa, tranquila, amigable. Me dio seguridad.
El encuentro sería en el punto donde se encuentra “La Roja”, la cerveza artesanal creada por firmantes del Acuerdo de Paz. Mientras buscaba el lugar, levanté la mirada y un hombre se acercó sonriendo. Pensé que era él.
—¿Carlos?, ¿cómo está?
—No, no soy Carlos.
Seguí al hombre quien entendí era su escolta, me llevó por una pequeña entrada hasta una casa oscura, con afiches y cajas marcadas con el logo de “La Roja”. Adentro estaba él. Un hombre de estatura media, barba poblada y un rostro más amable de lo que imaginé durante días.
—Hola, ¿cómo está?
—Bien, gracias, con permiso.
—Siga.
Carlos —o Carlos Alberto, como decidió llamarse— no nació con ese nombre. Lo eligió en la montaña, en el Yarí, durante un operativo del Ejército. Tomó el nombre de un compañero muerto. Desde entonces, no solo le sirvió para protegerse, también para mantener viva la memoria de alguien que ya no estaba. Durante la conversación mencionó varias veces que él no era el único ausente y habló de los más de 480 firmantes asesinados después del acuerdo de paz. Lo hacía con una especie de silencio respetuoso, como quien todavía carga ausencias encima.
Su historia comenzó lejos de la guerra. José Nicolás Hurtado —su nombre de nacimiento— creció con una madre de izquierda, una mujer que, según él, “estaba muy parada en la línea”. No terminó el colegio. Alcanzó a cursar hasta tercero de bachillerato en un colegio de La Pedagógica. Pero la violencia se cruzó temprano en su vida.
En 1992, durante el gobierno de César Gaviria, tomó la decisión de irse a la guerrilla. Con apenas 17 años y aunque para muchos puede sonar a rebeldía; para él era consecuencia de un contexto político que sentía cerrado para jóvenes como él. Habla del genocidio de la Unión Patriótica, de la imposibilidad de hacer política legal y de lo que llama “necesidades objetivas” que llevaron a muchos jóvenes a tomar el mismo camino.
—”Muchos quedaron muertos, otros se aburrieron y se fueron, otros están con nosotros hoy en día” —dice con naturalidad.
Mientras hablábamos, el lugar olía a malta y madera húmeda. Afuera, el escolta caminaba despacio vigilando lo que sucedía dentro y fuera.
—¿Tinto?
—pregunté.
—Bueno —respondió sonriendo.
Salí a comprar café y pan. Desde la puerta, el escolta me seguía con la mirada. Cuando regresé, hicimos una pausa para la entrevista y recorrimos la planta de producción. Carlos habla de “La Roja” no solo como un negocio, sino como una forma de sobrevivir después de la guerra. Un intento de construir algo distinto.
Su paso por las FARC no fue breve ni quieto. Todo inició en Bogotá y después pasó a ser parte del Bloque Oriental, donde ocupó diferentes cargos dentro de la organización. Su consecuencia más grande fue desaparecer completamente de la vida de su familia. No hacía llamadas. Para proteger a su madre solo enviaba cartas esporádicas. Ella pasó casi treinta años sin saber realmente dónde estaba ni cómo vivía su hijo.
—”Después de dos o tres años yo no volví a la casa nunca, nunca” — recuerda.
En medio de la guerra hizo su vida. Se formó políticamente, asumió liderazgos, se enamoró y fue padre a los 24 años. Aunque su pareja no permanecía junto a él dentro del grupo, seguían cerca. Mantener distancia también era una manera de protegerse mutuamente.
Vivió seis años escondido entre montañas, perseguido por amenazas de captura y muerte. Así fue como aquel 5 de noviembre de 2004 fue detenido en Tunja durante un operativo militar. Lo condenaron a once años de cárcel por varias órdenes de captura, esas mismas sobre las que preferimos no profundizar demasiado durante la conversación.
La cárcel, dice él, fue “otro tipo de guerra”.
Pasó por La Dorada, Cómbita, La Modelo, La Picota y el ERON. Pero incluso allí estudió. Terminó el bachillerato y cursó diez semestres de Filosofía en la Universidad UNAD. Cuando habla de su condena, sonríe al recordar las fechas exactas como:
—”Entré el 5 de noviembre de 2004 y salí el 5 de noviembre de 2015. Once años exactos. Ni un día más, ni uno menos”.
Dice que recuperar la libertad fue uno de los mejores días de su vida. Aunque, en realidad, no regresó a casa. Volvió al Yarí. Permaneció allí cerca de un año y medio, en medio de la Décima Conferencia de las FARC, donde se discutía el proceso de paz. Consigo vino la dejación de armas. Dejar la montaña, entregar el fusil y comenzar una vida civil no fue sencillo.
—”Una cosa es tener un arma, el poder que eso da, la plata… y otra es llegar a una comunidad solo con la palabra”
—explica.
Muchos no creían en la paz. Otros no la querían. Él mismo admite que tampoco la aceptaba completamente al principio aunque recalca que:
—”A mí lo que me cambió fue la paz”.
Le pregunté entonces cómo había sido dejar atrás tantos años de disciplina armada, entrenamiento y guerra para pasar a otro escenario. Carlos guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Lo que pasa es que nunca se dijo “no más”, porque nosotros decimos que no hemos acabado la lucha que manteníamos. Es una forma de cambiar de escenario la lucha, sabiendo que seguimos en la misma lucha.
Habló de reforma agraria, desigualdad y disputas históricas por la tierra. Dice que muchas de las propuestas que hoy aparecen en el debate político fueron defendidas por las FARC desde los años sesenta.
—¿Quién empezó a pelear la reforma agraria en este país? El programa agrario de los guerrilleros no era más que la petición de una reforma agraria. Son peleas históricas que defendimos incluso desde la lucha militar.
Mientras hablaba no parecía justificarse. Tampoco intentaba convencerme, era sincero. Hablaba con la tranquilidad de quien sigue creyendo en las mismas ideas, aunque ahora las defienda desde otro lugar.
Más adelante, la conversación llegó a una pregunta inesperada.
—¿Se sienten libres ya?
Carlos soltó una pequeña risa.
—Eso es una discusión mucho más profunda. Entonces habló de la libertad. No de la libertad individual, sino de la libertad en un país atravesado por la desigualdad, esa libertad que para él no existe.
—Yo siento que ni antes, ni durante, ni después hay libertad absoluta en Colombia. Vivimos en un sistema pensado para mantener el capital por encima de las personas. Y cuando se prioriza el capital sobre los seres humanos, pues no hay libertad.
Hizo una pausa y continuó:
—Alguien decía: “Tengo la libertad de morirme de hambre en la calle”. Pues sí, tiene la libertad, vaya y muérase, pero nunca tendrá cómo sobrevivir. Nadie es libre si no tiene la posibilidad de salir adelante como quiere.
Han pasado casi diez años desde la firma del Acuerdo de Paz, pero la guerra sigue apareciendo de formas distintas. Carlos ya no se esconde, pero camina acompañado de un escolta silencioso que recuerda, sin necesidad de palabras, que el peligro no se ha ido, continúa.
Después de salir de las FARC trabajó durante siete años en el Congreso: primero en la UTL (Unidad de Trabajo Legislativo) del partido Comunes y después en la del Pacto Histórico. Actualmente hace parte de la dirección ejecutiva de Comunes como financiero nacional.
Y mientras tanto sigue construyendo “La Roja”, junto a otros excombatientes que hoy cambiaron los fusiles por cerveza artesanal, reuniones y cuentas de producción.
Antes de irme le hice una última pregunta.
—¿Guarda algún objeto de la guerra?
Se rió.
No conserva nada. Ni uniformes, ni recuerdos, ni fotografías. Es un hombre desapegado de las cosas materiales para él todo quedó en la guerra, todo lo entrego.
Hoy insiste en hablar de paz más que de guerra. Dice que todavía cree en la posibilidad de construir un país distinto. No se arrepiente de lo que vivió ni de las decisiones que tomó. Esa es su historia. La respeta, la abraza y la asume completa.
Porque aunque dejó las armas hace años, hay cosas que nunca abandonan del todo a quienes aprendieron a vivir en la guerra.
Periodistas
Paula Alejandra González Guacheta
Natalia Valderrama Vanegas
Fotografías tomadas por: Natalia Valderrama Vanegas
Tratamiento de fotos: Natalia Valderrama Vanegas