Descalza
Erika decidió entrar a las FARC cuando tenía 15 años por cuenta propia. Desde pequeña había cultivado un espíritu revolucionario; en el colegio y en el pueblo lideró huelgas porque veía la necesidad de mejorar las condiciones de vida para su gente. Por eso, cuando escuchó los ideales de la guerrilla, no dudó en unirse. Ni siquiera las súplicas de su madre lograron detenerla. Milena Reyes fue el alias que eligió para seguir sus convicciones. Esta decisión la llevó a internarse en la vida de monte, donde la rutina, las jornadas de guardia y la disciplina marcaron su día a día.
Ocurría la décima conferencia nacional guerrillera en septiembre de 2016 cuando Milena se enteró que estaba embarazada. Entre las rugosidades, el barro del terreno, las botas pantaneras y las horas de caminata cotidianas, un desmayo la tumbó mientras transitaba junto a un comandante y una compañera por los Llanos del Yarí. Cuando se despertó estaba acostada en su caleta y supo que algo extraño estaba sucediendo.
Jamás se había desmayado, jamás había enfermado, no de hepatitis o paludismo como era común en la guerrilla. Entonces acudió a Judy, la enfermera, quien le practicó una prueba de orina y una de sangre. ¿Los resultados? Positivos. Tres meses y medio de embarazo.
Era el último y más importante encuentro de las FARC. Milena no dormía. A las cuatro y media de la mañana ya estaba de pie. Organizaba equipos, controlaba accesos, gestionaba medios, lidiaba con los reporteros que intentaban pasarse los cordones de seguridad. En medio de las negociaciones del acuerdo de paz, Milena se encargaba de coordinar las comunicaciones. Más de 800 periodistas llegaron a cubrir lo que parecía imposible: una guerrilla decidiendo dejar las armas.
Pero en las FARC no podían tener hijos. No era una sugerencia, era una regla. Ya había atravesado por un aborto unos años atrás y aunque por la fuerza de sus convicciones renunció a su sueño de ser mamá, ahora guardaba la esperanza de poder conocer a su bebé. Y en medio de esta situación tan compleja, Milena dijo “bueno, vamos a ver qué pasa” y decidió esperar. Esperar al país.
Hasta que llegó el día del plebiscito. Dos de octubre. Milena estaba sentada con su pareja viendo las noticias acariciando su pancita con el corazón lleno de anhelo. Y en medio de la ansiedad por los resultados pensaba: “es que, con esta coyuntura política, en este momento que tal gane el “no” y nos toque echarles mano a las armas otra vez e irnos para el monte… yo no voy a traer un hijo para la guerra”.
Y en la noche empezó a subir el “no”. Y lloró. Lloró por la impotencia de no poder elegir. De que le fuera arrebatada su hija, cuyo sexo que había sido revelado en una ecografía unos días atrás.
A la mañana siguiente, Milena vio en televisión que el país salió a las calles. Cientos de personas marcharon por la paz. Jóvenes, familias, ciudadanos que no querían volver a la violencia. Entonces volvió a tener esperanza. Y decidió quedarse con las náuseas, los vómitos y el cansancio porque a pesar del malestar, ahí estaba su futuro. Un nuevo ser que lo cambiaría todo.
La reincorporación no fue fácil. Se instaló en un ETCR en Icononzo, Tolima, pero su embarazo se complicó. Al cumplir los 6 meses tuvo que irse a Bogotá. El diagnóstico: alto riesgo.
No podía caminar. No podía estar de pie. A veces, para levantarse, tenía que apoyarse en la pared, caminar en 4 patas y sostener el peso de su panza con las manos por el dolor de espalda. Y es que el suelo liso la desorientaba. Estaba sola en una ciudad desconocida, ya no estaba con el papá de la niña, extrañaba sus camaradas, su familia, su antigua vida. Aunque estaba aprendiendo a vivir, le era inevitable reconocer que sin el peso de las botas los pies buscan algo en qué afirmarse. Que, sin ellas, se sentía perdida.
Hasta que el 1 de abril de 2017 nació su hija. El parto fue por cesárea. “Cuando me la entregaron, eso fue un sentimiento muy lindo, y eso fue una sensación única, yo verla llorar, tenerla conmigo…” cuenta Milena con una sonrisa nostálgica.
Poco tiempo después, volvió con la niña al lugar donde antes había estado armada. Esta vez, sin fusil. Fue a la dejación de armas en Mesetas, Meta. Dalila tenía cuatro meses. Era la primera vez que regresaba siendo mamá.
Todos las recibieron sorprendidos y llenos de amor. Dalila es una hija de la paz. Como ella, hay cientos de niñas y niños nacidos en los silencios posteriores al acuerdo. Hijos de excombatientes que comenzaron su vida cuando la guerra, al menos en los papeles, había terminado. Hijos de decisiones íntimas tomadas en medio de la incertidumbre colectiva. Hijos de la Paz.
Milena se topó con la desconocida vida civil y aunque en los acuerdos habían pactado un respaldo para su gente, decidió no quedarse esperando ayudas. Mientras criaba a su hija terminó el colegio por su cuenta, presentó el examen de Estado e hizo todo por ingresar a la universidad. Probó primero con diseño de modas, pero lo dejó por los costos. En 2023 se graduó de comunicación social y periodismo, una profesión que ya había ejercido y que conocía desde adentro.
Hoy, entre muchos otros proyectos, nos cuenta que trabaja en desminado humanitario. Junto a otros excombatientes vuelve a recorrer campos sembrados de explosivos para retirarlos. Desentierra la guerra, literalmente, para que otros puedan caminar sin miedo.
A veces piensa en todo lo que experimentó tarde como ir a cine por primera vez –una de sus actividades favoritas-, salir a bailar o estar en un salón. Entender cómo es la vida sin el peso de sus botas, que a veces la hace sentir descalza. Hacer las paces con las plantas, que tanto le recordaban al monte. Reconectar con su cuerpo, que ya no marcha, sino que abriga, que ya no sobrevive, sino que cuida. Otras veces ve lo que no ha cambiado: la estigmatización, las puertas cerradas, los incumplimientos del Estado, pero insiste y resiste.
Todavía guarda algunos recuerdos de su antigua vida: un megáfono, su saco de dormir (la caleta), una cantimplora, una cámara Canon, una radio, las escarapelas con las que acudió a las mesas de negociación… todos objetos que reconoce como una extensión de sí misma alguna vez y que sin ellos, no sería la mujer de 30 años, fuerte y echada pa’ ‘lante que es ahora.
Hoy Dalila tiene nueve años y hace gimnasia profesional, va al colegio, ve anime… tiene una vida que no se parece en nada a la de su madre. Milena la observa y entiende que la paz, para ella, nunca fue solo un documento firmado en La Habana. Fue una decisión, la de tener fe, la de creerle, aunque fuera por un momento, a un país confundido. La de apostar por una vida que no estaba escrita en ningún acuerdo, pero que todos los días elige vivir como su hija: aprendiendo a doblar el cuerpo con libertad, saltando y girando en el aire, sin miedo al peso de caer.
Periodistas
Sofia Jiménez Beltran
Ashly Quiroga Sirley Quiroga Ortiz
Fotografías tomadas por: Sofia Rodríguez Herrera
Tratamiento de fotos: Natalia Valderrama Vanegas