El Pana: caminos hacia La Paz
Crecer en esa zona del país significaba aprender a sobrevivir desde temprano, en medio de necesidades económicas persistentes. José llegó al municipio con cuatro años y recuerda su infancia como una etapa demasiado precaria; desde pequeño entendió que la economía era un factor importante. Con el paso del tiempo se fue formando como persona, asumiendo la responsabilidad de ayudar siempre a su padre. Su vida en el Darién la recuerda cultivando plátano, sembrando ñame y cosechando sandía. Esos momentos marcan una etapa difícil de su vida, pues dio por hecho que las posibilidades de mejorar económicamente nunca llegarían.
A sus 22 años tomó rumbo hacia el municipio de Unguía, Chocó, “donde no era boriondo”. En ese momento, Unguía atravesaba una ola de violencia derivada del conflicto armado entre el Ejército Nacional, los grupos paramilitares y las FARC-EP.
“En ese entonces, las FARC se consideraban un medio de vida, debido a que se estaba llevando a cabo el exterminio de la Unión Patriótica y de todas las personas que hacían parte del Partido Comunista”, recuerda José, dando a entender que, en ese contexto de violencia y persecución, ingresar a la guerrilla era percibido por algunos como una forma de protección o supervivencia.
José vio en las FARC una organización que representaba su ideología y respondía a sus necesidades, lo que lo llevó a considerar al grupo guerrillero como una de las pocas opciones para salir adelante. Por eso, en 1993, a sus 23 años, tomó la decisión de ingresar a las FARC. Lo hizo a escondidas de su familia, pues no quería causarle tristeza ni preocupación a su padre.
Su ingreso no fue un acto heroico, sino un momento cargado de incertidumbre. Eran once los que llegaron con él, distintos entre sí, pero unidos por una misma necesidad. El camino hacia el campamento marcó una ruptura: atrás quedaban la familia, el territorio y la vida que conocían.
En el campamento comenzó la adaptación. Recibían formación política y discursos que buscaban dar sentido a la lucha armada. Durante tres meses estuvieron a prueba. El miedo seguía presente, mientras cada día reforzaba una decisión que poco a poco empezaba a convertirse en su destino y en su estilo de vida durante los siguientes 23 años.
Llegó 2016, un año en el que comenzó a sembrarse la paz, como pequeñas semillas que empiezan a germinar para convertirse en grandes robles; así percibía José el acuerdo de paz con el presidente Juan Manuel Santos.
Entre la incertidumbre, el miedo y la confusión, al Pana —como lo llamaban en la guerra y como aún lo llaman sus amigos— se le mezclaban las preguntas sobre el acuerdo de paz.
—Muchachos, ¿ustedes cómo ven esto?
—Parece que ahora sí es de verdad, parece que ahora sí es el fin del conflicto.
Ese domingo esperaba que los colombianos votaran por el “Sí” para respaldar el acuerdo de paz con el Gobierno nacional. Sin embargo, escuchó que había ganado el “No”.
Tras la derrota del acuerdo en el plebiscito, se presentó una nueva versión con ajustes, que posteriormente fue aprobada por el Congreso de la República. El 26 de noviembre de 2016, Juan Manuel Santos estrechó la mano de Timochenko y firmaron el acuerdo final para la terminación del conflicto.
El 2 de febrero de 2017, ya sin armas y sin los paños que les cubrían el rostro, el Pana llegó a su lugar de reincorporación.
—Yo sentía una tensión muy grande. Íbamos a un lugar desconocido y donde sabíamos que había presencia de grupos opositores, o, mejor dicho, enemigos. No sabíamos en qué se iba a convertir esa situación.
—Yo tenía la idea de que me iba a morir ahí, de que nos íbamos a morir ahí.
Entre recuerdos de trochas, navajas y fusiles, el Pana toma un pañuelo negro en el que se observa una bandera de Colombia pintada y un título que ya empieza a desdibujarse: “FARC-EP”.
Entre las pocas cosas que José conserva de aquel tiempo hay una navaja, una cantimplora y una pañoleta. A simple vista parecen objetos viejos, desgastados por el paso de los años y las largas caminatas, pero para él guardan un significado distinto. Permanecen ocultos entre sus pertenencias porque no le recuerdan la guerra ni el miedo, sino una historia que sobrevivió a todo eso: el amor que hoy comparte con su pareja, una mujer que también hizo parte de ese mismo camino y con quien, entre la incertidumbre y la selva, encontró algo que aún permanece.
—La reincorporación aún continúa, con muchas dificultades, pero al menos seguimos con la frente en alto.
—Nosotros solo dejábamos muertos y heridos. Nuestros familiares sufrían, y los familiares de nuestros oponentes también. Pero hay que seguir trabajando por la comunidad.
José Mosquera es ahora consejero político departamental del Chocó por el Partido Comunes. Sus prioridades son el territorio, las comunidades, su mujer y sus dos hijos.
Escuchar al Pana deja la sensación de que las historias nunca caben por completo en las etiquetas que se les imponen a las personas. Detrás de muchas decisiones existen silencios, ausencias y necesidades que pocas veces se alcanzan a ver desde afuera. Su historia también deja una pregunta rondando en la mente: ¿qué tan fácil resulta juzgar la vida de alguien desde la comodidad de una realidad distinta?
En un país donde las oportunidades no llegan de la misma manera para todos, hay territorios donde el abandono pesa más que las promesas y donde sobrevivir, muchas veces, obliga a recorrer caminos que otros jamás tendrán que transitar.
No habla de guerra; ya no la necesita.
Periodistas
Marlon Andres Castaneda Jiménez
Valeria Chabur Martínez
Fotos suministradas por: José Mosquera – firmante de paz