Defender la patria como toque

Dormían encima de otros, con el fusil en la mano, para no sentir el frío. Y para no morirse de frío, también. Porque en la selva, de noche, los árboles caen, los zancudos pican, las arañas caminan y el enemigo puede respirar al lado suyo sin que usted lo sepa. 

—Eso nos tocaba con botas, con armamento, con lo que fuera, como en el ejército. Así dormíamos. Como a la fuerza pública también nos tocaba dormir, entre todos nos dábamos calor. 

De nacimiento se llama Rubén Darío. Nació en Antioquia, aunque durante años, en la guerra, dejó de ser Rubén para convertirse en Adriano. 

—Mi seudónimo en la guerra fue Adriano y ese seudónimo lo conoce la CIA, lo conoce la DEA.

Hoy tiene 68 años. Habla rápido, mezcla recuerdos con reflexiones políticas y todavía conserva expresiones de monte: «¿sí pilla?», «toda esa vaina», «volear machete». No habla como un héroe. Tampoco como una víctima. Habla como alguien que todavía carga las ideas que aprendió primero en el Ejército y después en las FARC: la disciplina, el sacrificio y la obligación de entregarse a la patria. 

Antes de la guerrilla, Rubén fue soldado. No le fue bien. Se había querido casar, pero no tenía los suficientes recursos, entonces se metió al Ejército a hacer carrera, como quien busca un oficio o un salvavidas. Pero se estrelló. Duró apenas 26 meses. Habían elecciones presidenciales y, según él, a uno lo retardan. Quiso quedarse, pidió apoyo, no lo tuvo. Lo sacaron. Entonces no le quedó más remedio que volver a la finca de sus padres, en Antioquia, a cosechar lo que diera la tierra: plátano, yuca, maíz, aguacate. A cercar, alambrar, cuidar animales. Pero no había plata. Los precios habían bajado y el trabajo no alcanzaba para llenar la olla. Se fue entonces al Ecuador, donde duró ocho meses vendiendo cacharro blanco, vírgenes de las Lajas y cuadros que compraba baratos en Colombia. Regresó, volvió al campo, y otra vez la misma historia: la tierra daba, pero la plata no. Fue entonces, alrededor de 1984 o 1985, cuando tenía veintiséis o veintisiete años, que tomó la decisión. 

—Entonces eso me obligó a mí a ingresar a las FARC, porque no tenía plata. 

Lo dice sin rodeos, sin vergüenza: la necesidad lo empujó. Pero aclara algo, y lo aclara con fastidio, como quien ha tenido que repetir la misma explicación cientos de veces: a él no lo obligaron. Nadie lo forzó. Las FARC, dice, no ingresan gente forzada. Eso es pura carreta. 

Fueron los campesinos, los mismos con los que trabajaba en las juntas comunales, los que le decían: «Compañero, métase a la guerrilla». Y él los escuchaba. No porque le gustara la guerra —nadie que haya dormido en la selva con el fusil en la mano le coge cariño a la guerra—, sino porque no veía otra salida. Ingresó y, contra todo lo que uno podría imaginar, se amañó. Se acostumbró a la disciplina de los estatutos y los reglamentos, a la certeza de que el trabajo es sagrado y de que las cosas se aprenden es haciéndolas. Porque en la guerrilla, dice, a uno no le engañan, no le mienten. Allá uno está viviendo las cosas. No hay teoría que valga si los pies no han caminado el barro. Aprendió filosofía marxista, idealista, materialista. Aprendió que la lucha revolucionaria no es un concepto, sino una forma de aguantar el hambre sin quejarse. Y también aprendió, sin que nadie tuviera que enseñárselo, a dormir con el fusil entre los brazos, a caminar días enteros sin comida, a no llorar cuando un compañero caía. 

—En la guerrilla es muy diferente. A uno no le engaña, no le miente, porque está viviendo las cosas y se aprende es haciendo. 

Pero hay una cosa que Rubén no cuenta fácilmente. Le preguntamos cuándo se fue de la casa para ingresar a las FARC, y él pone un límite: 

—Bueno, eso es una cosa que no me gusta comentar, ¿sabe por qué? Porque eso va literalmente la gente, nosotros nos tiene mucha persecución, ¿sí? Nosotros seguimos siendo estigmatizados, seguimos siendo perseguidos por partes de, no por el Estado, sino por muchas personas, ¿sí? Entonces de estas cosas hablemos directamente, me disculpa, de cerveza. 

Pero algo termina contando, casi sin querer, cuando habla de su familia. 

—Yo me fui callado, no se dieron cuenta de nada. 

Le preguntamos por qué no quería que se enteraran. 

—Son cosas de como lo eduquen a uno, como que le peguen a uno, por miedo. 

Cuando volvió, ya era tarde. 

—Ya estaban todos muertos los viejos. La viejita sufrió mucho por mí… Qué le dijera. Uno se vuelve muy fuerte en la guerra ¿entiende? Porque los sentimientos a uno se le… —se queda pensando—. Distinto. Uno se vuelve fuerte, sí. Uno que no esté preparado psicológicamente como yo, se pone a chillar. Pero yo voy a la tumba de los viejos, a Antioquia, y afortunadamente, encontré los restos y estuve cuando sacaron a mi ama del ataúd y estuve allá y tocó meterla directamente en un cajón. Cada que voy a Antioquia voy y los visito. 

No dice que llora. Pero se siente.

Pasaron los años. Llegó el acuerdo de paz, firmado en La Habana, Cuba en 2016. Rubén salió de la selva y se reincorporó a la vida civil. El territorio de reincorporación fue Icononzo, Tolima, un municipio conocido como el Balcón del Oriente del Tolima, a tres horas de Bogotá. Allí, en la vereda de la villa, empezó otra historia. 

La cerveza no nació de un plan militar, sino de la amistad y la necesidad. Wally Broderick, un colombiano de origen irlandés, profesor de inglés y experto en cerveza artesanal, llegó al ETCR Antonio Nariño (Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación) como voluntario para ayudar a alfabetizar a los excombatientes. Vio cómo fracasaban los proyectos de confecciones y agricultura, y entonces propuso una idea que lo obsesionaba: hacer cerveza. Les enseñó la receta de una La Roja, un tipo de cerveza artesanal de fermentación corta que por su color rojizo y su sabor se volvería el sello del proyecto. 

—El profesor irlandés me dijo: «No, pues compañeros, cómo el Estado, el gobierno no les va a cumplir a ustedes, pónganse a hacer cerveza artesanal. Yo les enseño lo básico» —cuenta Rubén.

Empezaron con 500.000 pesos en Icononzo. Trabajaron 12, 24, 36, 48 horas sin descansar. De una planta de 200 litros pasaron a una de 7.000. Hoy la fábrica de La Roja está en Bogotá, en la carrera 28a # 65-33, barrio 7 de agosto, y producen cientos de litros mensuales sin dar abasto. La cerveza se llama La Roja, la cerveza de los excombatientes de las FARC. Una cerveza roja para un movimiento histórico de izquierda. No hay mucho que explicar.

—Pues La Roja para nosotros es dijéramos… es historia. Es historia que se ha recogido que nace después de un conflicto. La cerveza artesanal para nosotros es gastronomía, la cerveza es alegría, la cerveza es cultura, tantas cosas que significa La Roja para nosotros. 

Con ella han ayudado a viudas a comprar ataúdes, han donado 25 millones de pesos para construir jardines infantiles en Icononzo, y han hecho ediciones especiales para Palestina y para Cuba. 

—Vamos a hacer una edición especial en solidaridad al pueblo de Cuba por los bloqueos de los 60 años. 

La Roja no es solo una cerveza. Es un acto de conciencia: apoyar la reincorporación de exguerrilleros, creer que la paz es posible. Y Rubén, que duerme tranquilo sabiendo que ya no tiene que matar a nadie al día siguiente, la fábrica con las manos que antes empuñaban un fusil. De esas mismas manos que la CIA y la DEA conocen como las de Adriano. 

Hoy, diez años después de la firma del acuerdo de paz, Rubén no tiene tiempo libre. Sale de la fábrica en el barrio 7 de agosto, lo citan a la ARN (Agencia para la Reincorporación y la Normalización) , se va al Minuto de Dios hasta las 10 u 11 de la noche, llega a su casa y se pone a estudiar. Tiene 23 certificados del SENA: manipulación de alimentos, ganadería, veterinaria, manufactura, pastelería. Esta misma mañana madrugó a las 5, abrió el computador y se puso a estudiar antes de venir a trabajar. 

—No tengo tiempo libre porque me toca boliar lapicero y estudiar y estudiar y estudiar y trabajar. 

No se arrepiente de haber ingresado a las FARC. 

—No, si yo me hubiera arrepentido, me hubiera volado. Gracias a las FARC, estoy vivo. A pesar de que tuve tantas confrontaciones o tantos problemas y estoy aquí vivo. Y la gente que entiende la situación de un revolucionario. Hoy en día nos felicita y nos sostienen el alma. 

Y cuando le preguntan qué mensaje deja, especialmente a los jóvenes, no duda: 

—Yo hago muchas reuniones con juventudes y los aconsejo es que no vayan a la guerra, que no se metan directamente a organizaciones o de que no pertenezcan al Estado, ¿sí? A organizaciones delincuenciales, que no hagan malos caminos, porque eso somos nosotros. Somos revolucionarios transformadores sociales y no podemos continuar con la guerra. Hoy en día la guerra no es el camino. Hoy en día es una salida dialogada, hoy en día son oportunidades. 

Afuera, en el resto de Colombia, la guerra no ha terminado del todo. Siguen matándose en otras selvas, otros ríos, otras esquinas. Pero Rubén, a sus 68 años, ya no carga fusil. Carga certificados. Carga una idea fija: que la paz se hace todos los días, no con palabras, sino con trabajo. Por eso madruga, estudia, fabrica cerveza en la carrera 28a # 65-33 y visita la tumba de su madre en Antioquia. 

Antes dormía con el fusil en la mano para no sentir el frío. Ahora duerme con la certeza de que no va a tener que matar a nadie al día siguiente. Y eso, para un hombre que fue Adriano y que la CIA y la DEA conocen por ese nombre, es quizás la victoria más grande. 

No dice que eso es la paz. Pero lo es. 

Periodistas 

Natalia Valderrama Vanegas  

Paula Alejandra González Guacheta  

Fotografías tomadas por: Natalia Valderrama Vanegas

Tratamiento de fotos: Natalia Valderrama Vanegas